La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Kit dio una contestación satisfactoria respecto a todos los habitantes de la finca de Abel. El señor Brass, que parecÃa algo distraÃdo e impaciente, se encaramó a su taburete y, haciéndole señas para que se acercara, lo cogió por los botones del abrigo.
—Estaba pensando, Kit —empezó el abogado—, que podrÃa conseguir para tu madre un pequeño emolumento. Tú tienes una madre, ¿no? Si mal no recuerdo, me contaste…
—SÃ, claro, señor. Ciertamente.
—Viuda, me parece, ¿no? Una viuda muy hacendosa, ¿no?
—Una mujer que trabaja duro y una madre como no hay otra en el mundo, señor.
—¡Ah! —exclamó Brass—. ¡Qué emocionante, realmente emocionante! Una pobre viuda que se desvive por que sus huérfanos lleven una vida decente y acomodada…, un verdadero dechado de bondad humana. QuÃtate el sombrero, Kit.
—Gracias, señor, pero debo irme ahora mismo.