La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Una triple exclamación (de Richard Swiveller, la señorita Sally y el propio Kit) sobresaltó al abogado, el cual, volviendo la cabeza, vio que Dick tenía el billete en la mano.
—¿En el sombrero? —gritó Brass en una especie de chillido.
—Debajo del pañuelo, escondido en el dobladillo —profirió Dick pasmado por el descubrimiento.
El señor Brass miró sucesivamente a este, a su hermana, a las paredes, al techo, al suelo, a todas partes, en fin, menos a Kit, que, estupefacto, estaba completamente inmóvil.
—¡He aquí —exclamó Sampson, restregándose las manos— el mundo girando sobre su propio eje sometido al influjo lunar, a las revoluciones de los cuerpos celestes y así sucesivamente! ¡He aquí la naturaleza humana! ¿No? ¡Oh, naturaleza, naturaleza! He aquí el desgraciado a quien yo iba a premiar con mis pequeños recursos, por quien incluso ahora siento una simpatía tal que casi lo dejaría marchar. Pero —agregó elevando el tono— yo soy también abogado y estoy obligado a dar ejemplo y a hacer cumplir las leyes de mi feliz país. Sally, querida, perdóname, y sujétalo por el otro lado. Señor Richard, señor, tenga la bondad de ir a llamar a un guardia. Mi debilidad ya ha pasado, señor, y la fuerza moral vuelve a investirme. ¡Un guardia, señor Swiveller, por favor!