La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Perdone que le pregunte, señor —dijo Kit—, pero me gustarÃa saber quién me la ha mandado.
—¿Quién va a ser? Tu amigo —respondió el hombre—. Podrás recibirla todos los dÃas, si la paga, claro.
—¿Mi amigo? —repitió Kit.
—Pareces bastante despistado —repuso el otro hombre—. Toma, toma la carta.
Kit la cogió y, una vez solo en la celda, leyó lo siguiente:
«Bebe de esta copa y en cada gota encontrarás un hechizo contra los males de la humanidad. ¡Recuerda el cordial que chispeaba para la bella Helena! Su copa fue una ficción, pero esta es real (Barclay y CÃa). Si te la dan sin burbujas, quéjate al director. Atentamente, R. S.».
«R. S. —se dijo Kit después de cavilar un poco—. Debe de ser del señor Richard Swiveller. Bueno, muy amable por su parte; se lo agradezco profundamente».