La tienda de antiguedades

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—Pues pregunta —apostrofó Quilp, cogiendo el palo antes mencionado y arrojándoselo con tal destreza que, si el chico no hubiera retirado la cabeza, se la habría lastimado a ciencia cierta—. ¡Pues pregunta, cacho perro!

Renuente a aventurarse otra vez en el radio de acción del proyectil, el chico dejó discretamente que ocupara su lugar la persona que había causado la interrupción del sueño, la cual se presentó en la puerta.

—Pero ¡si es Nelly! —exclamó Quilp.

—Sí —asintió la niña no sabiendo si entrar o retirarse, pues el enano, con el pelo alborotado y un pañuelo amarillo anudado a la cabeza, parecía tan excitado que resultaba un espectáculo horrible a la vista—. Soy yo, señor.

—Entra —la invitó Quilp sin bajarse de la mesa—. Entra. No te vayas. Mira el embarcadero y dime si hay un chico cabeza abajo con los pies para arriba.

—No, señor —replicó Nell—. Está de pie.

—¿Estás segura? —dudó Quilp—. Bueno, entra entonces y cierra la puerta. ¿Qué nuevas me traes, Nelly?

La niña le entregó una carta. El señor Quilp, sin cambiar de postura más que para volverse un poco de lado y posar la barbilla en la mano, procedió a leer el contenido.


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