La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades «¡Realmente asombroso! —siguió pensando el señor Swiveller—. Nunca antes habÃa soñado con una tos tan real. En realidad, no sé si alguna vez he soñado con toses o estornudos. Tal vez forme parte de la filosofÃa de los sueños el que no haya cosas asÃ. ¡Otra tos, y otra! Está claro que estoy soñando muy deprisa».
A fin de comprobar su verdadero estado, el señor Swiveller, después de reflexionar un poco, se pellizcó en el brazo.
«¡Más extraño todavÃa! —pensó—. Me metà en la cama con mucha más carne; ahora no tengo dónde pellizcar. Echaré otro vistazo».
La siguiente inspección convenció al señor Swiveller de que los objetos que lo rodeaban eran reales y que los veÃa, más allá de toda duda, con los ojos bien abiertos.
«Debo de estar viviendo la escena de un cuento oriental, eso es —pensó Richard—. Estoy en Damasco o en el Gran Cairo. La marquesa es un genio y, tras apostar con otro genio sobre quién es el joven más bello de la tierra, y el más digno de ser el marido de la princesa de China, me ha transportado, habitación incluida, para hacer la comparación. Tal vez —siguió pensando el señor Swiveller mientras dejaba caer la cabeza lánguidamente sobre la almohada y miraba la pared—, tal vez la princesa siga aquÃ. Pero no, ya se ha ido».