La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades No del todo satisfecho con aquella explicación (pues, aun considerándola correcta, seguía conteniendo algo de misterio), el señor Swiveller levantó la cortina de nuevo, decidido a aprovechar la primera oportunidad que tuviese para abordar a su compañera. Y la ocasión se le presentó pronto. La marquesa dio las cartas, volvió una sota y se olvidó de anotarse dos puntos, a lo que él gritó con todas sus fuerzas:
—¡Dos puntos para la sota!
La marquesa dio un salto y empezó a aplaudir.
«Las mil y una noches, de veras —pensó el señor Swiveller—; allí suelen dar palmas en vez de tocar la campanilla. Ha llamado a los dos mil esclavos negros, que acudirán al punto con las correspondientes tinajas llenas de joyas en la cabeza».
Sin embargo, parecían simples palmas de alegría, pues inmediatamente después ella empezó a reír y a llorar a la vez, declarando, no con melodiosas palabras árabes, sino en lengua vernácula, que estaba «tan contenta que no sabía qué hacer».
—Marquesa —dijo el señor Swiveller con premiosidad—, ten la amabilidad de acercarte. Ante todo, ¿me puedes decir, por favor, cómo podría recuperar la voz?, y, en segundo lugar, ¿qué le ha pasado a mi cuerpo?