La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La marquesa se limitó a sacudir la cabeza con una gran expresión de tristeza y se echó a llorar de nuevo; el señor Swiveller, que estaba muy débil, notó que a él también se le humedecían los ojos.
—Por tus gestos y por lo que veo a mi alrededor, creo inferir, marquesa —expresó Richard después de una pausa con una sonrisa y labios temblorosos—, que he estado enfermo.
—¡Y que lo diga! —corroboró la pequeña criada, secándose los ojos—. ¡Y la de tonterías que habrá podido decir!
—¿Eh? —exclamó Dick—. ¿Tan enfermo he estado, marquesa?
—Casi se muere —respondió la pequeña criada—. No creía que se fuera a poner bien. ¡Gracias al cielo que se ha puesto bien!
El señor Swiveller permaneció un rato en silencio. Poco a poco, empezó a hablar de nuevo y preguntó cuánto tiempo había pasado en la cama.
—Mañana hará tres semanas —contestó la criada.
—¿Tres qué?
—¡Semanas! —contestó la marquesa con énfasis—. Tres largas y eternas semanas.