La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La idea de haber pasado semejante trance sumió a Richard de nuevo en completo silencio, tras lo que volvió a tumbarse cuan largo era. La marquesa recolocó la ropa de la cama para mayor comodidad del enfermo y le tocó las manos y la frente; al notar que estaban bastante frías, sintió una gran alegría y se echó a llorar de nuevo. A continuación, se puso a preparar té y a cortar unas rebanadas finas de pan para tostarlas.
Mientras se ocupaba de esta tarea, el señor Swiveller la miró con el corazón agradecido y al mismo tiempo asombrado de verla desenvolverse como si estuviera en su propia casa (atención que atribuyó a Sally Brass, hacia la que se sentía enormemente agradecido). Después de hacer las tostadas y un poco de té suave, la marquesa extendió un paño limpio sobre una bandeja y acercó a Richard el refrigerio, que era, le dijo, lo que el médico le había recetado para cuando despertara; asimismo, le ayudó a incorporarse sobre la almohada, si no con la habilidad de una enfermera profesional, sí con el mismo o mayor esmero, y se lo quedó mirando con una satisfacción indecible mientras él —que de vez en cuando se detenía para apretarle la mano— tomaba su frugal colación con mayor apetito y gusto que si le hubieran puesto delante el manjar más suculento del mundo. Después, la marquesa retiró la bandeja, recompuso la ropa de la cama para mayor comodidad del paciente y se sentó a la mesa para tomar también ella un poco de té.