La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Marquesa —susurró el señor Swiveller—, ¿cómo está Sally?
La pequeña criada esbozó una mueca de extrañeza y picardÃa y sacudió la cabeza.
—¿Cómo, no la has visto últimamente? —se asombró Dick.
—¿Que si la he visto? —gritó la pequeña criada—. ¡Cómo la voy a ver, si me he escapado!
El señor Swiveller se dejó caer de golpe en la cama, donde permaneció tumbado unos cinco minutos. Al poco tiempo, se incorporó ligeramente y volvió a preguntar:
—¿Y dónde vives ahora, marquesa?
—¿Que dónde vivo? —exclamó la pequeña criada—. ¡AquÃ!
—¡Ah! —expresó el señor Swiveller.
Exhalada esta exclamación, el señor Swiveller se desplomó sobre la cama como si le hubieran pegado un tiro; allà permaneció, inmóvil y privado del habla, hasta que ella hubo terminado su colación, colocado todo en su sitio y barrido la chimenea. Entonces el señor Swiveller le hizo señas para que cogiera una silla y se acercara a la cama, y, apoyándose de nuevo sobre la almohada, prosiguió la conversación:
—Asà que te has escapado, has dicho, ¿no? —preguntó Dick.