La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Sà —confirmó la marquesa—, y me han anunciado.
—¿Que te han anunciado? —repitió Dick—. ¿Qué quieres decir?
—Que me han anunciado, ya sabe, en los periódicos —repuso la marquesa.
—Ah, ya entiendo —dijo Dick—. Que han puesto un anuncio en el periódico.
La pequeña criada asintió con la cabeza y guiñó el ojo. Pero sus ojos estaban tan rojos de tanto velar y llorar que hasta la musa de la tragedia habrÃa podido guiñar el ojo con mayor alegrÃa. Al menos eso pensó Dick.
—Dime una cosa —le preguntó de nuevo—: ¿cómo es que se te ocurrió venir aqu�
—Pues, verá —respondió la marquesa—, cuando se fue usted, yo no tenÃa ningún amigo. Además, el inquilino no volvió, y yo no sabÃa dónde encontrarlos ni a él ni a usted, ya sabe. Pero una mañana, mientras yo estaba…
—… Con el ojo puesto en la cerradura, ¿no? —continuó la frase el señor Swiveller al verla titubear.