La tienda de antiguedades

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—Sí, eso —reconoció la pequeña sirvienta—. Cuando estaba mirando por el ojo de la cerradura del despacho, como usted me vio hacer un día, ya sabe, oí a alguien decir que vivía aquí (era la dueña de esta casa) y que usted se encontraba muy mal y no tenía a nadie que lo cuidara. Entonces el señor Brass va y dice: «Eso no es asunto mío», y la señorita Sally va y dice: «Es un tipo muy raro, y tampoco es asunto mío». Así que la señora se marchó, ¡y menudo portazo que dio al irse, menudo portazo! Y entonces yo me escapé aquella noche y me vine aquí, y dije que usted era mi hermano, y me creyeron, y desde entonces estoy aquí.

—¡Esta pobre marquesa está muerta de fatiga! —exclamó Dick.

—No, qué va —replicó ella—. No, no. No se preocupe por mí. A mí me gusta velar, y a veces he conseguido echar una cabezadita, a Dios gracias, en uno de esos sillones. Pero ¡si se hubiera visto usted intentando saltar por la ventana…, y cómo se ponía a cantar y a echar discursos!, ¡no, no se lo habría creído! ¡Qué contenta estoy de que esté mejor, señor Viverer!

«Sí, el señor Vivaracho, el señor Vivo —se dijo Dick para sus adentros—. ¡Qué suerte que estoy aún vivo! Estoy seguro, marquesa, que ahora no estaría vivo si no hubiera sido por ti».


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