La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En este punto, el señor Swiveller tomó de nuevo la mano de la pequeña criada en la suya y, tan estropeado fÃsicamente como estaba, en su esfuerzo por darle las gracias habrÃa conseguido que sus ojos se volvieran tan rojos como los de la marquesa si esta no hubiera cambiado rápidamente de conversación y lo hubiera obligado a tenderse de nuevo en la cama y dejar de hablar.
—El médico —cambió de tema— dijo que tenÃa que estar usted tranquilo y callado, y que no debÃa haber en la habitación ruido ni nada parecido. Ahora intente descansar otro poco, y después seguiremos hablando. Yo me sentaré a su lado. Si cierra los ojos, tal vez consiga dormir algo. El sueño le sentará bien, ya verá.
Mientras decÃa aquello, la marquesa acercó una mesita a la cama, se sentó y empezó a preparar un refrigerio con la habilidad de veinte farmacéuticos juntos. Como Richard Swiveller estaba muy cansado, cayó dormido enseguida. Media hora después, se despertó y preguntó qué hora era.
—Acaban de dar las seis y media —respondió su pequeña amiga, ayudándole a sentarse de nuevo en la cama.
—Marquesa —articuló Richard, pasándose la mano por la frente y volviéndose de pronto hacia ella como si acabara de ocurrÃrsele algo importante—, ¿qué ha pasado con Kit?