La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Ella contestó que lo habÃan condenado a un montón de años de deportación.
—¿Se ha ido ya? —preguntó Dick—. Y su madre ¿cómo está, qué ha sido de ella?
Su enfermera sacudió la cabeza y contestó que no sabÃa nada de ellos.
—Si yo supiera —insinuó— que no va a hablar usted y que no le va a volver la fiebre, le contarÃa…, pero ahora no.
—SÃ, por favor —le rogó Dick—. Eso me distraerá.
—¿Que eso lo distraerá? —repuso la pequeña criada con una mirada de espanto—. No, no lo creo. Espere a sentirse mejor; entonces se lo contaré.
Dick lanzó una mirada muy seria a su pequeña amiga; esa mirada, unida a las ojeras que tenÃa a causa de la enfermedad, hizo que ella se asustara y le pidiera que por favor no pensara más en ello. Pero lo que le habÃa insinuado no sólo picó la curiosidad de Dick, sino que además lo alarmó seriamente, por lo que la instó a que se lo contara sin dilación, por enojoso que fuera.
—Oh, no es que sea muy enojoso —repuso la pequeña criada—. No tiene nada que ver con usted.