La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Tiene que ver con… algo que oÃste a través de la rendija de una puerta o del ojo de una cerradura que, se suponÃa, no tenÃas que oÃr, ¿verdad? —preguntó Dick con la respiración entrecortada.
—Sà —respondió la pequeña criada.
—¿En… en Bevis Marks? —agregó Dick precipitadamente—. ¿Una conversación entre Brass y Sally?
—Sà —asintió la pequeña criada de nuevo.
Richard Swiveller sacó de la cama su brazo escuálido y, agarrándola por la muñeca y acercándola a él, le pidió que le contara todo, con pelos y señales, o no responderÃa de las consecuencias si se sentÃa totalmente incapaz de soportar el nerviosismo que lo invadÃa. La marquesa, al ver que estaba tan agitado y que aplazar la revelación podrÃa resultar más perjudicial que contárselo todo al instante, prometió hacerlo a condición de que se mantuviera en calma y no se sobresaltara ni se moviera mucho en la cama.
—Si veo que hace algo de eso —decretó la pequeña criada—, me paro y no sigo. Se lo advierto.
—No puedes parar si no has empezado —señaló Dick—. Empieza, querida. Habla, hermana, habla. Mi bella Polly, cuenta[16]. ¡Oh, dime cuándo, dónde, por favor, marquesa, te lo suplico!
Incapaz de resistirse a ruegos tan fervientes y expresados de una manera tan solemne y tremenda, su compañera inició el relato.