La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Pues bien… Antes de escaparme, yo dormÃa en la cocina, donde jugábamos a las cartas, ya sabe. La señorita Sally se guardaba en el bolsillo la llave de la puerta de la cocina y bajaba por la noche para llevarse la vela y apagar el fuego de la chimenea. Con lo cual, yo tenÃa que acostarme a oscuras. Ella cerraba la puerta con llave por fuera, se metÃa la llave en el bolsillo y me tenÃa encerrada hasta que bajaba por la mañana, bastante temprano, y me dejaba salir. Yo tenÃa miedo de quedarme allà encerrada, pues, si se producÃa un incendio, seguro que ellos sólo pensaban en salvarse y se olvidaban de mÃ, ya sabe. Asà que siempre que veÃa una llave oxidada en alguna parte, la cogÃa y probaba a ver si encajaba en la cerradura, hasta que al final encontré en el basurero del sótano una que encajaba.
El señor Swiveller agitó violentamente las piernas. Pero, como vio que la pequeña criada se detenÃa al instante, se calmó enseguida y, alegando un momentáneo olvido de lo pactado, la invitó a continuar.
—Me hacÃan pasar mucha hambre —continuó la pequeña criada—. ¡Ah! ¡No se puede imaginar el hambre que pasaba! Yo salÃa por la noche después de acostarse ellos y, a tientas en medio de la oscuridad, buscaba trozos de galleta o de bocadillos que usted habÃa dejado en el despacho, incluso trozos de cáscara de naranja que metÃa en agua frÃa e imaginaba que aquello era vino. ¿No ha probado nunca piel de manzana con agua?