La tienda de antiguedades

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El señor Swiveller contestó que nunca había probado ese ardiente licor y volvió a pedirle que reanudara el hilo de su narración.

—Si nos esforzamos para que nos guste, acaba gustándonos —prosiguió la pequeña criada—; pero si no, ya sabe, parece como si le faltara un poco de fuerza. En fin, que a veces yo salía después de que ellos se acostaran, y a veces incluso antes, ¿sabe? Y una o dos noches antes de que se armara todo ese jaleo en el despacho (cuando se llevaron a ese muchacho, ya sabe), subí mientras el señor Brass y la señorita Sally estaban sentados en el despacho junto al fuego; aunque, para decirle la verdad, había ido para ver si hablaban del sitio donde escondían la llave de la despensa.

El señor Swiveller, mirándola con sumo interés, recogió las rodillas, formando un gran cono con la ropa de cama. Pero, como la pequeña criada hizo una pausa y levantó el dedo, el cono se deshizo como se había formado, aunque no la mirada de interés.





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