La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Allí estaban él y ella —prosiguió la pequeña criada—, sentados junto al fuego y hablando en voz baja entre ellos. El señor Brass le dice a la señorita Sally: «Te digo que a mí esto me parece muy peligroso y que podría acarrearnos muchos engorros. No me gusta ni un pelo». Ella le dice, ya sabe cómo habla: «Eres un pusilánime, un debilucho, un gallina, y te voy a decir una cosa: que yo debería haber sido el hermano y tú la hermana. ¿Acaso no es Quilp nuestro principal valedor?». «Sí, por supuesto que lo es», contesta el señor Brass. «¿Y con lo que hacemos en el bufete no estamos constantemente contribuyendo a que una persona u otra se arruine?», le pregunta ella. Y el señor Brass le contesta: «Sí, ciertamente». «Entonces», sigue ella, «¿tiene alguna importancia provocar la ruina de Kit si Quilp así lo desea?». «Ciertamente, no tiene importancia», responde el señor Brass. Y pasan un rato cuchicheando y riéndose porque no ven ningún peligro si todo lo hacen bien, y entonces el señor Brass saca su cartera y dice: «Mira, aquí está. El billete de cinco libras del señor Quilp. Estamos de acuerdo, entonces, en que lo haremos así. Me he enterado de que Kit viene mañana por la mañana. Mientras él esté arriba, tú te retiras y yo me encargo de que el señor Richard se vaya. Cuando esté yo solo con Kit, me pongo a conversar con él y meto el dinero en el sombrero. Y me las apañaré de manera que el señor Richard lo descubra, y eso nos sirva de prueba. Si con eso no conseguimos que el señor Quilp se quite de encima a Christopher de una vez y se quede satisfecho, entonces es que algún diablo se ha metido por medio». La señorita Sally se rió y dijo que era un buen plan, y, como me pareció que se iban y yo tenía miedo de quedarme allí más tiempo, bajé al sótano otra vez. Eso es lo que pasó.