La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Como la pequeña criada se habÃa ido alterando progresivamente al igual que el señor Swiveller, no lo reprendió est vez cuando vio que se sentaba en la cama y le preguntaba con nerviosismo si le habÃa contado aquello a alguien más.
—¿Cómo iba a contarlo? —contestó su enfermera—. A mà me daba miedo saber lo que sabÃa, y esperaba que absolvieran al muchacho. Cuando me enteré de que lo habÃan condenado por algo que no habÃa hecho, usted ya se habÃa ido y también el inquilino, aunque creo que me habrÃa dado un poco de miedo decÃrselo a él si no se hubiera ido. Y desde que vivo aquÃ, usted ha estado todo el tiempo inconsciente. Además, ¡de qué habrÃa servido contárselo a alguien!
—Marquesa —declaró el señor Swiveller, arrancándose el gorro de dormir y lanzándolo al otro extremo de la habitación—, hazme el favor de retirarte un momento a ver qué tiempo hace, que voy a levantarme.
—¡Ni se le ocurra! —gritó la enfermera.
—¡Tengo que hacerlo! —replicó el paciente, mirando alrededor de la estancia—. ¿Dónde está mi ropa?
—Ah, me alegro de que no tenga ropa —respondió la marquesa.
—¡Señora! —exclamó el señor Swiveller, boquiabierto.