La tienda de antiguedades

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—No he tenido más remedio que venderla, prenda a prenda, para conseguir las cosas que le han recetado. Pero no la tome conmigo —le rogó la marquesa mientras Dick se desplomaba en la cama—. Está demasiado débil para levantarse, ¿no se da cuenta?

—Me temo que llevas razón —se lamentó Richard—. Pero… ¡qué puedo hacer! ¡Qué se debe hacer!

Después de reflexionar un poco, vio que el primer paso a dar era comunicarse enseguida con uno de los señores Garland. Era muy probable que el señor Abel se encontrara todavía en la notaría. En un santiamén, el señor Swiveller le escribió a lápiz a la pequeña criada la dirección en un trozo de papel, le describió con cuatro palabras al padre y al hijo para que pudiera reconocer a cualquiera de los dos sin dificultad y le advirtió que tuviera mucho cuidado con el señor Chuckster, que sentía una gran antipatía por Kit. Provista de estas pocas indicaciones, la pequeña criada se alejó a toda prisa con la misión de traer en persona a la casa al anciano señor Garland o al señor Abel.

—Supongo —dijo Dick mientras ella cerraba la puerta despacio y se asomaba de nuevo para echar un vistazo a la habitación y asegurarse de que lo dejaba en buen estado—, supongo que no me queda nada, ni siquiera un chaleco…

—No, nada.


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