La tienda de antiguedades

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Saltaba a la vista que al señor Quilp lo estaba dejando perplejo el contenido de la carta. Antes de terminar de leer las dos o tres primeras líneas, abrió los ojos de par en par y frunció el ceño de una manera horrible; las dos o tres siguientes le hicieron rascarse la cabeza con vicioso ardor, y al leer la conclusión soltó un largo y desentonado silbido que indicaba sorpresa y consternación. Dobló la carta, la dejó a un lado y se mordió las uñas de los diez dedos con extrema voracidad; la cogió de nuevo con trepidación y se puso a leerla otra vez. La segunda lectura fue, en todos los sentidos, igual de insatisfactoria que la primera, sumiéndolo en una profunda ensoñación de la que despertó con un nuevo asalto a las uñas y una intensa mirada a la niña, que con los ojos clavados en el suelo esperaba a que se dignara a hablarle.

—¡Eh! —exclamó con una brusquedad que la hizo sobresaltarse, como si hubieran disparado un cañón cerca de sus oídos—. ¡Eh, Nelly!

—Sí, señor.

—¿Conoces el contenido de esta carta, Nell?

—No, señor.

—¿Estás segura, completamente segura, das tu palabra de honor?

—Estoy completamente segura, señor.


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