Oliver Twist
Oliver Twist No faltó quien hiciera coro a los gritos del caballero del libro. El Truhán y Bates, a quienes no convenía llamar la atención corriendo, se habían escondido en el primer portal que les salió al paso después de doblar la esquina; pero no bien llegaron a sus oídos los gritos del caballero y vieron la velocidad con que Oliver corría, dándose cuenta cabal del estado de cosas, salieron a la calle y se unieron al grupo de los buenos ciudadanos, gritando más alto que nadie: «¡Al ladrón! ¡Al ladrón!» Buenos filósofos había tenido Oliver por maestros; pero desconocía la teoría de aquel axioma admirable según el cual es la conservación propia la primera y más sagrada de las leyes naturales. Acaso si la hubiese conocido se habría preparado para substraerse al rayo que sobre su cabeza se estaba forjando; pero su ignorancia sirvió para acrecentar su espanto, y el acrecentamiento de su espanto se tradujo en acrecentamiento de velocidad dada a sus piernas, que le llevaban con la celeridad del viento, seguido por el caballero y sus compañeros los rateros, que no daban reposo a sus gargantas.