Oliver Twist

Oliver Twist

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El grito de «¡Al ladrón! ¡Al ladrón!» parece evocación mágica. El tendero abandona su mostrador no bien lo oye, el carretero su carro, arroja el carnicero su cuchilla, tira el panadero su canasto y la lechera su cántaro, el mozo de cordel deja su carga, el escolar sus libros, el empedrador su pico y el niño su raqueta, y todos corren, y todos se lanzan en revuelto desorden, chillando, rugiendo, aullando, atropellando a los transeúntes, excitando a los perros y ahuyentando a los volátiles. En calles, plazas y paseos resuena el mismo grito ensordecedor: «¡Al ladrón! ¡Al ladrón!», grito que lanzan cien gargantas, grito que repiten una y mil veces, y el estruendo crece, y crecen también las turbas, y todos corren desatinados, saltando sobre el lodo de las calles que salpica sus rostros. Las ventanas se abren, todas las puertas vomitan gente, todos dejan sus ocupaciones, y hasta los titiriteros se ven en un abrir y cerrar de ojos abandonados por sus espectadores, que han corrido a unirse a las turbas y entonan con nuevo vigor el grito «¡Al ladrón! ¡Al ladrón!» «¡Al ladrón! ¡Al ladrón!» ¡Arraiga muy hondo en el corazón humano la pasión por dar caza a algo! Un infeliz muchacho, falto de alientos, rendido, reflejando en su semblante el terror que le mata y en sus ojos la espantosa agonía que le aflige, sudando a mares, casi sofocado, redobla sus esfuerzos para librarse de los que con saña le persiguen; pero le van a los alcances, le ganan terreno por momentos, y en la proporción en que decrecen sus fuerzas aumentan en intensidad los gritos «¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Detenedlo, por favor»!


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