Oliver Twist
Oliver Twist Seguidamente retrocedió dos pasos, hizo, otra reverencia tan profunda, como la anterior, y esperó a que le interrogasen.
No ocurrió así, sin embargo. Hizo la casualidad que el señor Fang estuviera en aquel momento embebido en la lectura de un periódico de la mañana que daba cuenta detallada de una sentencia dictada recientemente por él, sentencia que inspiró al articulista sabrosos comentarios a su costa. El artículo terminaba llamando por tricentésima vez la atención del ministro de Gracia y Justicia sobre la peregrina manera de administrar justicia del señor Fang, quien, como es natural, estaba de mal talante y de pésimo humor.
—¿Quién es usted? —preguntó el juez.
Por toda contestación, el anciano extendió la mano hacia la tarjeta que poco antes dejara sobre la mesa.
—¡Guardias! —exclamó el Juez, separando desdeñosamente la tarjeta—. ¿Quién es este sujeto?
—Mi nombre, caballero —contestó el anciano con severo continente—, es Brownlow: séame ahora permitido preguntar a mi vez cómo se llama el juez que, escudándose en la Ley, se permite dirigir insultos gratuitos e inmerecidos a una persona respetable.
Mientras hablaba, el señor Brownlow paseó sus miradas por la sala, como buscando persona o personas que pudieran contestar su pregunta.