Oliver Twist
Oliver Twist Nadie es capaz de conjeturar por qué o por quién pensó decir el juez, pues en aquel momento preciso estornudaron ruidosamente el carcelero y el escribano, este último dejó caer simultáneamente un libraco enorme sobre el suelo, y entre el estornudo y el ruido producido por el libro impidieron que fuera oída la palabra… accidentalmente y por casualidad, claro está.
No sin sufrir varias interrupciones y sin verse obligado a oír repetidos insultos, el señor Brownlow consiguió hacer historia de lo que le había pasado, haciendo observar que, llevado de la sorpresa del momento, echó a correr tras el chico porque vio que éste huía, y manifestando deseos de que, si el magistrado creía que aquél no era en realidad ladrón, y sí cómplice de ladrones, le tratase con toda la lenidad compatible con la justicia.
—Ha resultado herido —terminó diciendo el anciano—, y me temo —añadió con gran energía, encarándose con el juez—, me temo que se encuentre enfermo de cuidado.
—¡Oh, sí! —exclamó Fang con sonrisa burlona—. ¡Desde luego! ¿Cómo no? ¡Ven acá, vagabundo miserable, que conmigo de nada sirven tretas! ¿Cómo te llamas?
Quiso contestar Oliver, pero la voz se cuajó en su garganta. Densa palidez cubrió su cara, y ante sus ojos espantados miraba vertiginosamente la habitación.