Oliver Twist
Oliver Twist La orden fue obedecida. Bien a su pesar hubo de salir de la sala el señor Brownlow, con el libro en una mano y el bastón en la otra, aunque ni por un momento dejó de lanzar frases de reto. Su furia se disipó no bien llegó al patio. El desventurado Oliver Twist yacía boca arriba sobre las losas, desabrochada la camisa y chorreando agua que acababan de verter sobre su cabeza. Mortal palidez invadía su cara, y todo su cuerpo se estremecía.
—¡Pobre niño… pobrecillo! —exclamó el señor Brownlow, inclinándose sobre él—. ¡Llamen un coche, por favor!
No tardó en llegar un coche en cuyo interior acondicionó el anciano a Oliver, sentándose a continuación a su lado.
—¿Me permite que le acompañe? —preguntó el librero acercándose.
—¡Perdóneme, mi querido amigo, perdóneme! —contestó el anciano—. ¡Ya le había olvidado otra vez! ¡Dios mío!… ¡Aún conservo este desgraciado libro! ¡Entre usted, entre usted! ¡Pobre niño!… ¡No podemos perder tiempo!
El librero tomó asiento en el coche, y éste emprendió seguidamente la marcha.