Oliver Twist
Oliver Twist —¡Supongo que no será éste el muchacho que ha pasado la fiebre! —exclamó el señor Grimwig, retrocediendo dos pasos más—. ¡Alto! ¡Espere usted! —añadió con brusquedad, olvidando en medio del alborozo que le produjo el descubrimiento el temor a contagiarse—. ¡Apuesto a que éste es el que ha tirado en la escalera la cáscara de naranja! ¡Si no ha sido él, me como mi cabeza, y hasta la suya!
—¡No, no! ¡No ha sido él! —replicó el señor Brownlow riendo a más no poder—. Pero hablemos de otra cosa. Deje usted el sombrero, y tratemos de mi amiguito.
—Me preocupa lo que usted no puede figurarse este asunto —dijo el irritable caballero quitándose los guantes—. Todos los dÃas encuentro más o menos cáscaras de naranja en la acera de nuestra calle, y me consta que las tira el muchacho del cirujano de la esquina. Anoche, sin ir más lejos, resbaló en una de ellas una joven, y en su caÃda fue a chocar contra la verja de mi jardÃn. No bien se levantó, vi que dirigÃa sus ojos hacia ese infernal farol rojo que baña la calle en una luz siniestra. «¡No vaya usted a esa casa! —grité yo desde la ventana—. ¡Es un asesino!… ¡Un embaucador! ¡Y lo es en verdad! Si me engaño, me…