Oliver Twist

Oliver Twist

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—¿No lo está usted viendo? ¿Exagero o no exagero? ¡Es cuento este que no pueda yo subir a una casa sin encontrar en la escalera una de esas cáscaras que liarían la fortuna de un pobre cirujano! ¿Ha visto usted nunca nada tan singular, tan extraordinario, tan maravilloso? A una cáscara de naranja soy deudor de esta maldita cojera, y una cáscara de naranja ocasionará mi muerte. ¡Sí, señor! ¡Una cáscara de naranja me matará! Tan cierto estoy de ello, que no tengo inconveniente en comerme la cabeza si me equivoco.

Era la pena que el buen señor Grimwig se imponía siempre que sentaba alguna afirmación, penalidad verdaderamente peregrina, pues aun dando como buena, que es mucho dar, la posibilidad de que un caballero se coma su propia cabeza, suponiendo que en hacerlo no tenga inconveniente, era tan descomunal la del señor Grimwig, que difícilmente hubiera sido capaz de engullirla el mortal más tragón en una sola sentada, y cuenta que, al hablar de dificultades, no tengo en cuenta la espesa capa de polvo que la cubría.

—¡Sí, señor, sí! ¡Me comería la cabeza! —repitió el señor Grimwig golpeando el suelo con su garrote—. ¡Hombre! … ¿Qué es eso? —preguntó, clavando sus ojos en Oliver y retrocediendo dos pasos.

—Es Oliver Twist, el muchacho de quien le hablé —contestó el señor Brownlow.

Oliver saludó con una reverencia profunda.


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