Oliver Twist
Oliver Twist En aquel momento entró en la estancia, apoyándose sobre un bastón extraordinariamente grueso, un caballero de gran corpulencia, cojo de una pierna, que vestía levita azul, chaleco rayado, calzón y polainas de mahón, y cubría su cabeza con un sombrero blanco, de alas muy anchas, vueltas hacia arriba y guarnecidas de verde. Su chaleco dejaba escapar la chorrera de su camisa y una cadena larga de acero, de cuyo extremo pendía no un reloj, sino una llave. Los extremos de su corbata, también blanca, formaban dos bolas del tamaño de naranjas muy regulares. En cuanto a su rostro, la variedad de guiños, gestos y contorsiones que lo animaban al hablar o al escuchar desafían el lápiz del caricaturista más competente. Las revoluciones de su cabeza alrededor del cuello, que hacía las funciones de pivote, eran tan rápidas y frecuentes, y al propio tiempo miraba a sus oyentes o interlocutores tan por los ángulos de los ojos, que todo el mundo, al verle, sin darse cuenta se acordaba de los loros. En esa actitud entró en el despacho, llevando en la mano un pedacito de cáscara de naranja, a la par que gritaba con entonación airada.