Oliver Twist
Oliver Twist Lo bueno del caso es que allá en los repliegues más recónditos de su corazón, el señor Grimwig estaba dispuesto a reconocer que el semblante de Oliver le había sido altamente simpático, pero por encima de los dictados de aquella víscera estaba su prurito por contradecir, prurito agudizado en aquel momento por haber encontrado en la escalera la cáscara de naranja. He aquí por qué, resuelto a no consentir que ningún nacido le dijera si un muchacho era guapo o feo, simpático o antipático, desde el primer instante decidió llevar la contraria a su amigo. Cuando el señor Brownlow reconoció que no podía dar contestación satisfactoria a sus preguntas acerca de la honradez del muchacho, y que había diferido toda clase de investigaciones acerca de la historia pasada de aquél hasta que su estado de salud le permitiera referirla, el señor Grimwig sonrió sarcástica y maliciosamente, preguntando con punzante ironía si su ama de gobierno tenía la costumbre de contar todas las noches el servicio de plata, añadiendo que si dentro de un plazo brevísimo no echaba de menos uno o dos cubiertos, estaba dispuesto a comerse… lo que ya se sabe.
El señor Brownlow, aunque de temperamento vivo e impetuoso, como conocía a fondo las cualidades peculiares de su amigo, sufrió con calma sus excentricidades.