Oliver Twist

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—¡Ciego me quede si no lo hace como se lo he mandado! —exclamó Sikes, contemplando al animal con sonrisa de feroz aprobación—. Ya sabes lo que te espera, amiguito, así que, llama si te atreves, que el perro te obligará a enmudecer. ¡Andando, y vivo, vivo!

El perro movió el rabo, único lenguaje que le estaba permitido, y lanzando otro gruñido a guisa de aviso saludable, echó a andar rompiendo la marcha.

Estaban cruzando Smithfield aunque hubiera podido ser la Plaza Gobernor sin que Oliver dijera lo contrario, sencillamente porque tan desconocido le era uno como otro sitio. La noche estaba obscura y brumosa. Las luces de las tiendas apenas si conseguían taladrar la densa niebla que por momentos se espesaba más, envolviendo a la ciudad en un sudario negro que acentuaba la depresión de ánimo y el espanto que inundaban el alma de Oliver.

Avanzaban presurosos cuando la campana de una iglesia dio la hora. A la primera campanada hicieron alto los dos conductores y volvieron sus cabezas hacia el sitio del que partía el sonido.

—Las ocho, Guillermo —dijo Anita, cuando calló la campana.

—¿Por qué me lo dices? —contestó Sikes—. Me parece que tengo buen oído, ¿no lo crees así?

—Pero no sé si lo habrán oído los otros —replicó Anita.


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