Oliver Twist

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—Claro que sí; pues no faltaba más. La feria de septiembre era cuando me echaron mano, y te aseguro que hasta las trompetillas de a penique llegaron a mis oídos. Cuando me enchiqueraron, el tumulto y vocerío exterior eran tan ensordecedores, que aquella vieja cárcel parecía una tumba por su silencio. Te aseguro que no sé cómo no me rompí la cabeza contra las puertas de hierro.

—¡Pobres chicos! —exclamó Anita, vuelta aún hacia el sitio donde había sonado la campana—. En verdad que son simpáticos y dignos de mejor suerte.

—¡Así sois todas las mujeres! —replicó Sikes—. Conque simpáticos, ¿eh? ¡Muertos fuera mejor que estuvieran!

Sikes pronunció las últimas palabras con la entonación de quien reprime a duras penas un impulso de celos, y agarrando con más fuerza la mano de Oliver, ordenó a éste que echase a andar.

—Espera un momento —dijo Anita—. No tendría yo tanta prisa si fueras tú el que debías morir ahorcado en el punto y hora en que suene el reloj las primeras ocho campanadas, Guillermo, que en ese caso, me pasaría la vida rondando por estos lugares, aun cuando hubiera de caminar sobre espesa capa de nieve y no tuviera un chal con que abrigarme.


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