Oliver Twist

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—¡Y que sacaría yo buen provecho de todo eso, como hay Dios! —exclamó Sikes, poco dado al parecer a lo sentimental—. Como no llevaras a prevención una buena lima y veinte varas de cuerda fuerte, me importaría tanto que rondaras por estos lugares como a cincuenta millas de distancia. ¡Vamos, vamos! Déjate de músicas, y no pierdas el tiempo diciendo necedades.

La joven rompió a reír a carcajadas, se arrebujó más en el chal, y echó a andar. Oliver, sin embargo, observó que su mano temblaba, y a la luz de un farol junto al cual pasaron pudo ver que su cara estaba blanca como un sudario.

La marcha continuó por espacio de media hora por parajes poco frecuentados. Fueron contadas las personas que nuestros excursionistas tropezaron, y aun éstas, a juzgar por sus trazas, debían pertenecer poco más o menos a la misma clase social que Sikes. Llegaron al fin a una callejuela obscura y sucia, prodigiosamente abundante en tiendas de ropavejeros. El perro se había adelantado un buen trecho, cual si supiera que la vigilancia era ya inútil, vino a detenerse frente a una puerta, cerrada al parecer y deshabitada. La casa en cuestión ofrecía aspecto ruinoso y sobre su puerta había un rótulo que anunciaba que estaba por alquilar, rótulo que llevaba allí seguramente muchos años.

—Todo va bien —dijo Sikes, después de mirar cautelosamente alrededor.


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