Oliver Twist
Oliver Twist Guillermo, comprendiendo al punto el lenguaje mudo del judÃo, y viendo comprometidos muy seriamente su orgullo e influencia personal si no reducÃa en el acto a la razón a la irritada Anita, comenzó por barbotar unas cuantas docenas de ternos, imprecaciones y amenazas tan variadas y pintorescas, que hicieron honor a la fecundidad de su inventiva. Como observara, sin embargo, que el chaparrón no producÃa el menor efecto en la persona sobre cuya cabeza descargaba, apeló a argumentos más contundentes.
—¿Qué significa lo que estás haciendo? —preguntó, lanzando contra la parte más hermosa del rostro humano una maldición muy corriente que, si fuera oÃda en el Cielo una sola vez por cada cincuenta mil que se pronuncia en la tierra, serÃan muchas más las personas ciegas que las que tienen vista—. ¡Di! ¿Qué significa tu actitud? ¡Maldita sea mi alma… ¿Has olvidado quién eres y qué eres?
—¡Oh, no! ¡No lo he olvidado! —contestó la joven con risa histérica y moviendo la cabeza—. Sé muy bien quién soy y qué soy.
—Pues, entonces, cállate, si no quieres que yo te haga enmudecer para mucho tiempo.
Anita soltó otra carcajada más descompuesta que la anterior, y después de mirar con desprecio a Sikes, volvióle la espalda y se mordió el labio hasta que brotó la sangre.