Oliver Twist
Oliver Twist Con los primeros rayos del sol salió una mañana del hospicio egregio el señor Bumble. Avanzó con paso majestuoso y digno por la Calle Alta. La altivez, el orgullo de su alto cargo resplandecían en su persona. Los rayos tangentes de un sol matinal se quebraban su tricornio y era de ver el aire suelto con que manejaba el bastón emblema de poderío y de autoridad. Siempre caminaba el señor Bumble con la cabeza erguida, pero la mañana a que se refiere este párrafo la llevaba más enhiesta que nunca. Reflejaban abstracción sus ojos y la elevación su frente, signos inequívocos para cualquier observador que la imaginación del bedel elaboraba pensamientos demasiado abstrusos e importantes para ser comunicados a nadie.
No se detuvo el señor Bumble en el camino para charlar con los vendedores de tres al cuarto que respetuosos le saludaban o le dirigía la palabra. Limitábase a contestar su saludo con una ligera inclinación de cabeza y seguía adelante con el mismo paso digno y reposado, que no interrumpió hasta llegar a la granja-sucursal del hospicio, dirigida con solicitud verdaderamente parroquial por la buena señora Mann.