Oliver Twist

Oliver Twist

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Todo aquel día, y gran parte de los siguientes, por espacio de largo tiempo, Oliver permanecía solo, sin ver a nadie desde las primeras horas de la mañana hasta media noche. En sus eternas horas de soledad, disponiendo de tiempo sobrado para abandonarse a sus pensamientos, acordábase sin cesar de sus caritativos amigos de Pentonville, y vertiendo lágrimas arrancadas por el más acerbo de los dolores, imaginábase la pésima opinión que de él tendrían formada.

Al cabo de una semana, o poco más, el judío dejó de cerrar con llave la puerta de la cárcel de Oliver, y éste quedó en libertad para recorrer la casa.

Imposible imaginar nada más triste y sucio. Las habitaciones de arriba tenían grandes chimeneas y descomunales puertas, y sus muros estaban revestidos con tableros de madera y variadas cornisas que, aunque ennegrecidas por la acción del tiempo y cubiertas de espesa capa de polvo, dejaban entrever varias esculturas y adornos. De ello infirió Oliver que, mucho tiempo antes que el judío viniera al mundo, el inmueble había pertenecido a personas de rango más elevado, y que probablemente, por aquella época, la morada sería alegre y elegante no obstante el aspecto de desolación que entonces presentaba.


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