Oliver Twist
Oliver Twist A los seis meses de la llegada de Oliver al hospicio-asilo, el nuevo sistema estaba en pleno vigor. Al principio ocasionó muchos gastos, pues hubo necesidad de pagar más al empresario de pompas fúnebres, así como también al sastre, quien hubo de estrechar los vestidos de todos los pupilos, cuyos cuerpos, adelgazados y reducidos a la condición de esqueletos vivos de milagro, después de una semana de alimentarse con gachas, daban a aquéllos aspecto de trajes vacíos ambulantes. En cambio, el número de pupilos disminuyó notablemente, y los señores de la Junta estaban sumamente contentos.
Comían los niños en una gran sala, en cuyo extremo veíase una descomunal caldera, junto a la cual, el jefe de cocina, cubierto con un delantal, repartía, ayudado por dos mujeres, las gachas a las horas de comer. Cada niño tomaba una escudilla llena de gachas, nunca más, salvo los días de grandes festejos públicos, en que se les daban, además, dos onzas y un cuarto de pan. No era necesario fregar las escudillas, pues los niños las limpiaban y hasta les sacaban brillo con sus cucharas; y una vez terminada esta operación, que nunca duraba mucho por ser las cucharas tan grandes como las escudillas, quedaban sentados mirando con avidez tal a la caldera, que demostraban harto elocuentemente el placer con que hubieran devorado hasta el cobre de que estaba hecha, y chupando al propio tiempo sus dedos a fin de no dejar en ellos ni un átomo de gachas.