Oliver Twist

Oliver Twist

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Por regla general, los niños disfrutaban de un apetito excelente. Tres meses hacía que Oliver Twist y sus compañeros sufrían las torturas de una consunción lenta, y el hambre concluyó por extraviarlos hasta extremo tal, que un muchacho, ingresado ya muy talludito en el benéfico establecimiento, y no habituado a semejante régimen alimenticio (su padre había sido dueño de una modesta casa de comidas antes de dejarle huérfano), dijo un día a sus compañeros que, si no le daban otra escudilla de gachas per diem, además de la reglamentaria, era más que probable que acabase por devorar alguna noche al niño que ocupaba la cama inmediata a la suya que acertaba a ser muy corto en años y más corto todavía en fuerzas.

Como al hablar de esta suerte, miraba con hosquedad a sus compañeros, creyéronle éstos. Celebraron junta, deliberaron, echáronse suertes para saber quién sería el que aquella misma noche, a la hora de cenar, pediría al jefe de cocina una ración más que la de costumbre, y la suerte designó a Oliver Twist.






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