Oliver Twist
Oliver Twist —Lo soy —respondió el Truhán—. Lo soy, y me merecen el desprecio más profundo todos los demás oficios. Lo soy, como lo es también Carlos, como lo es Sikes, como lo es Belita. Todos lo somos, hasta el perro, que figura en la cuadrilla en último lugar.
—Y es el menos dispuesto a vendernos —añadió Carlos Bates.
—No es capaz de respirar si le pone en el banco de los testigos ante un tribunal de justicia por miedo a venderse —observó el Truhán—. Si quince dÃas le tuvieran atado al banco mencionado, bien seguro es que no soltarÃa un ladrido.
—Claro que no —asintió Bates.
—Es un perfecto perro, la caballerosidad personificada. ¿Has notado cómo mira con fiereza a cualquier desconocido que se permite la inconveniencia de reÃr estrepitosamente o de cantar cuando estamos en asuntos de servicio? ¿Has oÃdo cómo gruñe y enseña los dientes cuando a sus oÃdos llegan las armonÃas de un violÃn? ¿Has reparado en el odio que profesa a todos los perros que no pertenecen a su rango y condición social? ¡Oh! ¡Es el honor de su especie!
—¡Es un verdadero santo! —dijo Bates.