Oliver Twist
Oliver Twist El objeto de Bates al lanzar la última exclamación no fue otro que rendir tributo de admiración a la habilidad del perro, sin que se le ocurriera que aquélla podÃa tener otro sentido, no menos exacto. Son muchas las señoras, muchos los caballeros que pretenden ser santos, dignos de figurar en los altares, que presentan muchos puntos de perfecta semejanza con el perro de Sikes.
—¡Bueno! —dijo el Truhán, reanudando el hilo de la conversación con el método diligente que informaba todos sus actos—. Nada tiene que ver lo que estamos diciendo con el angelito que tenemos presente.
—¡El Evangelio! —exclamó Bates—. ¿Por qué no entras al servicio FajÃn, Oliver?
—Con lo que harÃas tu fortuna en un quÃtame allá esas pajas —exclamó el Truhán riendo.
—Y podrÃas retirarte a vivir de tus rentas como un gran señor, como pienso hacer yo el primer año bisiesto que venga seguido de otros cuatro en el jueves cuadragésimo segundo de la semana de la Trinidad — repuso Bates.
—No me gusta —contestó con timidez Oliver—. Lo que deseo es que me dejen marchar… Yo… irÃa de muy buena gana.
—Pero, si no me engaño, FajÃn no parece muy dispuesto a dejarte marchar —replicó Bates.