Oliver Twist

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—¿Quién va?

—Yo solo, Guillermo, yo solo —contestó el judío entrando.

—Que entre tu humanidad —dijo Sikes—. ¿Estarás quieto, condenado perro? ¿Es que cuando el demonio viste levitón no le conoces ya?

Parece que el animal se engañó en los primeros momentos, pues no bien Fajín se desabrochó el levitón y le colocó sobre el respaldo de una silla retiróse aquél al rincón de donde antes saliera meneando el rabo con muestras de satisfacción.

—¿Qué hay de nuevo? —preguntó Sikes.

—Pues hay… ¡Ah! Buenas noches, Anita.

El judío saludó a la joven con timidez manifiesta, cual si tuviera sus dudas acerca de la acogida que le dispensaría su amiga, a la que no había visto desde que aquélla había abrazado la defensa de Oliver. Sus dudas, sin embargo, desvanecieron en el acto, pues Anita retiró los pies de los morillos la chimenea, arrastró hacia atrás la silla en que estaba sentada y dijo al judío que aproximara la suya. No explicó el objeto; pero como la noche estaba extraordinaria fría. Fajín lo comprendió de sobra.

—Fría está de veras la noche, querida Anita —observó el judío acercando a la lumbre sus arrugadas manos—. Penetra hasta la médula de los huesos.


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