Oliver Twist
Oliver Twist La mañana siguiente, tenÃa reservada para Oliver una sorpresa: a los pies de su cama, en vez de los zapatos rotos y sucios que dejó al acostarse, encontró al despertar otros completamente nuevos. La sorpresa le regocija al pronto, pues creyó que era precursora de su libertad, mas no tardaron en desvanecerse sus ilusiones. Al sentarse a almorzar con el judÃo, dÃjole éste, en tono y con expresión que acrecentó hasta el infinito sus temores y alarmas, que vendrÃan a buscarle para conducirle a la morada de Guillermo Sikes.
—¿Para… para permanecer en ella, señor? —preguntó Oliver anhelante.
—No, no querido mÃo; no es para permanecer allà —respondió FajÃn—. Te queremos demasiado para resignarnos a perderte, asà que no temas, Oliver, que a casa volverás, ¡ja, ja, ja! Nunca tendremos la crueldad de despedirte… ¡Oh, no!
El miserable viejo que se entretenÃa tostando una rebanada de pan mientras tanto sin miramiento se mofaba de Oliver, reÃa con risa sardónica como para demostrar que sabÃa perfectamente que Oliver escaparÃa de muy buena gana si le fuera posible.
—Supongo —repuso FajÃn, clavando sus ojillos en Oliver—, que te agradará saber a qué vas a la casa de Guillermo, ¿eh?
