Oliver Twist

Oliver Twist

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En el paroxismo del terror, Oliver cerró el libro y lo arrojó lejos de sí; y luego, cayendo de rodillas, pidió con fervor a Dios que le librara de cometer hazañas semejantes, quitándole la vida antes que permitirle que fuera culpable. Poco a poco fue serenándose, y con voz débil y temblorosa pidió a los Cielos que le salvaran de los peligros de que se veía cercado, y que, si algún auxilio habían de aportar al pobre niño abandonado, que nunca conoció el cariño de los amigos ni el dulce amor de los suyos, se lo prestaran en aquel trance, cuando desesperado y sin humano apoyo, hallábase a merced de hombres perversos y criminales.

Había terminado su plegaria y continuaba aún de rodillas y con la cara entre las manos, cuando le devolvió al mundo de la realidad un rumor que oyó cerca de sí.

—¿Quién va? —preguntó estremecido, viendo un bulto en el umbral de la puerta—. ¿Quién es?

—Yo… yo sola —contestó una voz temblorosa.

Oliver levantó sobre su cabeza el candelero y miró hacia la puerta. La que acababa de llegar era Anita.

—Baja la luz —dijo la joven volviendo la cabeza—, me hace daño a la vista.


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