Oliver Twist
Oliver Twist Como Oliver observara que Anita estaba intensamente pálida, preguntóle si se encontraba enferma. La joven se dejó caer pesadamente sobre una silla, volvió la espalda a Oliver, y comenzó a retorcerse las manos sin contestar.
—¡Dios me perdone! —exclamó al cabo de un rato—. ¡No había yo pensado en esto!
—¿Ocurre algo? —preguntó Oliver—. ¿Puedo serle útil? Mándeme, que lo que yo pueda, lo haré con gusto.
Anita se agitó violentamente, llevó una mano a su garganta, exhaló un gemido sordo y buscó aire que respirar.
—¡Anita! ¿Qué tiene usted? —preguntó Oliver alarmado.
La joven se golpeó las rodillas con las manos y el suelo con los pies, y luego, deteniéndose de pronto, comenzó a dar diente con diente y se arrebujó en el chal.
Oliver avivó el fuego; Anita acercó a éste su silla, guardó silencio durante algunos momentos, y al fin alzó la cabeza y miró en su torno.
—No sé lo que algunas veces me sucede —dijo, fingiendo arreglar con ansiedad el desorden de sus vestidos—. Será efecto de la humedad de esta habitación repugnante sin duda. ¿Estás ya dispuesto, querido Oliver?