Oliver Twist

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Era día de mercado. El suelo desaparecía bajo una capa de inmundo y mal oliente fango en la que se hundían los pies humanos hasta el tobillo, y la atmósfera era mezcla negruzca formada por los vapores que constantemente brotaban de los cuerpos de los animales y la neblina que semejaba fúnebre cortina tendida sobre las chimeneas que coronaban los edificios. Todos los corrales situados en el centro de aquella dilatada explanada y muchos otros instalados con carácter provisional en los huecos vacantes estaban atestados de carneros, y a uno y otro lado de los mismos, en hileras interminables, veíanse bueyes y reses de toda clase formadas en filas de a cuatro en fondo. Lugareños, campesinos, carniceros, carreros, arrieros, muchachos, ladrones, raterillos, ociosos y vagabundos de toda clase se mezclaban, confundían y apelmazaban en revuelta masa. Los silbidos de los carreros, los ladridos de los perros, los bramidos y mugidos de los bueyes, los balidos de las ovejas, los chillidos y gruñidos de los puercos, los gritos de los cocheros, los juramentos, blasfemias y vocerío que se alzaban por todas partes, el repicar de las campanas y el estruendo que se alzaba en las tabernas, los apretones y encontronazos de aquella masa humana que se apretujaba y revolvía semejante a alborotado mar, el horrible desconcierto de alaridos que llenaba los ámbitos todos del inmenso mercado y el tropel de hombres y mujeres astrosos, escuálidos, sucios, sin afeitar los primeros y sin peinar las segundas, que se arremolinaban codeándose sin piedad, eran más que bastantes para aturdir y desconcertar al hombre de ánimo más sereno.


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