Oliver Twist
Oliver Twist Sikes, arrastrando siempre a Oliver, abrióse paso a codazos por entre lo más compacto de la muchedumbre, sin parar mientes en el tumulto que tanto asombraba al muchacho. Dos o tres veces saludó con inclinaciones de cabeza a otros tantos amigos con quienes tropezó al paso, y sin detenerse a tomar en su compañía la mañana que le ofrecían, continuó avanzando resueltamente hasta que, libre de aquel mar humano, entró en Holborn por la Hosier Lane.
—¡Deprisa, deprisa! —exclamó con brusquedad, mirando al reloj de la iglesia de San Andrés—. ¡Las siete ya! ¡Cuidado con quedarte atrás, holgazán!
Sikes acompañó la recomendación con una sacudida violenta cuyos efectos sintió la muñeca de Oliver. Este hubo de dejar el paso para ponerse al trote para acomodar su marcha a la del bandido.
Continuaron con la misma celeridad hasta después de dejar a sus espaldas el Hyde Park y encontrarse en el camino de Kensington, donde Sikes acortó el paso para dar lugar a que los alcanzara una carreta vacía que los seguía a alguna distancia. Como viera escrita en la tablilla de aquélla la palabra «Hounslow», preguntó al conductor, con cuanta urbanidad le fue posible, si quería darles asiento hasta Isleworth.
—Arriba —contestó el conductor—. ¿Es hijo suyo este muchacho?