Oliver Twist
Oliver Twist La noche estaba obscura como boca de lobo. Del río inmediato y de las marismas que rodeaban el camino subía una niebla densa que semejaba negro tul tendido sobre los campos. El frío penetraba hasta los huesos y todo ofrecía aspecto lúgubre y siniestro. Los viajeros no cambiaron una sola palabra, pues el dueño del vehículo se había dormido y Sikes no tenía ganas de entablar conversación. Oliver, acurrucado en un rincón del carro, se estremecía de horror, creyendo ver en los árboles, cuyas ramas zarandeaba el viento, espantables fantasmas que venían a hacer más lúgubre y terrorífica la escena.
Las siete sonaron en el reloj de la iglesia de Sunbury cuando pasaron frente a ella. Brillaba una luz en una de las ventanas de la casa-embarcadero, a cuya débil claridad se destacaba con más fuerza la sombra gigantesca de un corpulento y copudo tejo. A lo lejos se oía el rumor monótono de una cascada dominando los susurros de las hojas de los árboles azotados por el viento. Hubiérase dicho que aquello era una melodía fúnebre que tenía por objeto invitar a los muertos al descanso.
Después de atravesar a Sunbury, se encontraron nuevamente en el camino solitario. Dos o tres millas más adelante hizo alto el vehículo. Sikes saltó a tierra, tomó por la mano a Oliver, y prosiguió la marcha a pie.