Oliver Twist
Oliver Twist No se detuvieron en Shepperton, como hubiera deseado el fatigado muchacho, sino que continuaron avanzando por caminos detestables, envueltos en fango y entre tinieblas, hasta que dieron vista a las luces de una ciudad poco distante. Oliver vio que a sus pies corría un río y que se dirigían a un puente.
Sikes prosiguió caminando en derechura al puente, pero llegado a la entrada de éste, en vez de tomarlo, descendió por el talud hasta llegar a la orilla del agua.
—¡El río! —Pensó el desventurado Oliver yerto de espanto—. Me ha traído a este paraje solitario para asesinarme.
A punto estaba de tirarse al suelo resuelto a intentar un esfuerzo supremo para salvar su temprana vida, cuando se encontró frente a una casa solitaria casi en ruinas. No tenía más que un solo piso, y a uno y otro lado de la puerta había una ventana. No se veía, sin embargo, luz alguna. La casa era obscura, desmantelada, tétrica, y según todas las apariencias, estaba deshabitada.
Sikes, sin soltar la mano de Oliver se acercó a la puerta y levantó el picaporte. Abrióse aquélla sin resistencia y nuestros viajeros se perdieron inmediatamente en su interior tenebroso.