Oliver Twist
Oliver Twist Maldiciendo la lentitud del muchacho, Sikes empujó a Oliver y ambos entraron en una habitación de techo muy bajo, tétrica y ahumada, en la cual ardÃa un fuego que despedÃa más humo que calor, y tenÃa por todo mueblajes tres sillas rotas, una mesa desvencijada y un sofá respetable por su antigüedad. Tendido sobre este último mueble habÃa un hombre fumando. VestÃa una levita de corte irreprochable y color castaña, adornada con grandes botones brillantes, corbata color naranja, chaleco arco iris por la variedad de tonos y calzón gris. Poco cabello tenÃa el señor Crackit, que él era en persona, ni en la cabeza ni en la cara, pero la muestra era de color rojo y estaba divinamente peinada en tirabuzones, entre los cuales su propietario pasaba de vez en cuando los dedos sucios, cubiertos por descomunales sortijas de lo más ordinario. De estatura regular, más bien alto que bajo, parecÃa adolecer de cierta debilidad en las piernas, lo que no le impedÃa admirar sus botas, que contemplaba con satisfacción evidente.
—¡Mi querido Guillermo! —exclamó el del sofá, volviendo la cabeza hacia la puerta—. ¡Encantado de verte! Principiaba a temer que hubieras renunciado a la empresa, en cuyo caso, resuelto estaba a tentarla yo solo… ¡Hombre!..
Al lanzar la exclamación, con tono de inmensa sorpresa, clavados los ojos en Oliver, Crackit se incorporó vivamente y preguntó quién era aquel chaval.