Oliver Twist

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¡Oh dolor! ¡Cuán poco basta para perturbar la feliz ecuanimidad de nuestras almas! Como la tetera era muy pequeña y estaba excesivamente llena, el líquido al empezar a cocer se derramó, mientras la señora Corney moralizaba a su gusto, y el agua hirviente escaldó su mano.

—¡Maldita tetera! —exclamó retirando vivamente la mano—. ¿Quién sería el estúpido inventor de estos endiablados artefactos donde apenas caben dos tazas de agua? ¿Para qué sirven? ¡Únicamente para un ser tan pobre y abandonado como yo! ¡Ay de mí!

Mientras de esta suerte se quejaba, la buena matrona se dejó caer de nuevo sobre el sillón y, apoyando otra vez el codo sobre el velador, comenzó a reflexionar sobre su solitaria suerte. La microscópica tetera y la taza única acababan de despertar en su imaginación el recuerdo del señor Corney, fallecido nada más que veinticinco años antes, y el recuerdo la sumió en una melancolía profunda.

—¡Jamás tendré otro! —exclamó con acento lastimero—. ¡Jamás tendré otro… que se le parezca!

Si la exclamación hacía referencia al cacharro en que hervía el té o a su difunto marido, es lo que no podemos precisar. Es de presumir que se refiera al primero, pues en él fijaba sus ojos mientras hablaba y el cacharro fue lo que levantó apenas dejó de hablar.


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