Oliver Twist
Oliver Twist Tal era el estado de cosas al aire libre cuando la señora Corney, matrona del hospicio, donde repetidas veces hemos obligado a penetrar a nuestros lectores, por haber sido el lugar en que Oliver Twist vio la luz primera, acababa de tomar asiento al amor de un alegre fuego encendido en su reducida habitación y contemplaba con no poca complacencia un veladorcito, sobre el cual habÃa una bandeja de regular tamaño, bien provista de todos los materiales necesarios para constituir la más suculenta de las cenas que una matrona pueda apetecer. En rigor, disponÃase la respetable señora a regalarse con una soberbia taza de té. Al separar sus miradas del velador para fijarlas en la chimenea, donde la más microscópica de las teteras entonaba en voz muy baja la más suave de las melodÃas, la satisfacción interna de la comadrona crecÃa tanto, que sus labios sonreÃan jubilosos.
—¡Ah! —exclamó la matrona, apoyando un codo sobre el velador y contemplando como abstraÃda la que era una noche horriblemente frÃa—. ¡Cuánto tenemos que agradecer a la Providencia, mientras hundiendo la cucharilla de plata (propiedad particular) en los últimos rincones de una cajita de hoja de lata de unas dos onzas de capacidad, procedÃa a hacer la aromática infusión.